EL TRUENO ÍNDIGO DEL ALBA
Recorre los lindes de mi piel
la estela de la golondrina dorada
y la cálida ternura de la brisa zafiro dibuja un sendero cristalino,
las hordas de las olas de las espadas del viento
abren el camino en el valle estrellado
de turquesas aladas atraído por su estandarte.
Livianas se vuelven las cadenas
que enjaulaban las mentes
y en viruta se expanden en estallido inesperado,
hacia el ojo del mago,
bajo el mar de los tulipanes dorados,
yermas quedan las ligaduras de las almas.
Las sandalias en el océano de las dunas
no dejan las huellas
y la esmeralda blanca no castiga
en las dunas aterciopeladas de los errantes,
los ríos de la seda escarlata ya bifurcan el horizonte
y las niñas del agua florecen como luceros.
La geoda que camina sobre las olas
y el ruiseñor del este convocan la alquimia
en el festín de la aurora
que usurpa entre los destellos del shamballa
floreciendo en el crisol de cada ánima,
que van cruzando la vereda de las huestes que le acompañan.
Se impregnan los valles con el aroma de una huella lejana
que regresa para doblegar al enjambre de ortigas,
logrando las luciérnagas brillar como el céfiro dorado
en cada sombra de la maltratada madre.
El eco profundo de su voz se expande inexorable
y las abadías de los ángeles cristicos dominan con su llamada,
desde los jirones de las nubes
hasta los guardianes de las cumbres.
¡Él eleva la voz de la madre y de todas las ánimas!
Él es el trueno índigo del alba.
Aldebaran
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